Los Palacios de Naipes
No puede decirse que la niña naciera entre algodones; más bien nació sobre un tapete verde de Póker junto a su padre, tahúr experimentado y demás jugadores empedernidos que esa noche jugaban en casa, mientras la madre se retorcía en contracciones cada vez más rápidas. Esa sería la última partida que jugaría su padre, pues tras presenciar tan dolorosa y lenta escena sobre su más preciada jugada, decidió que tan angelical y profético ser que había venido a este mundo necesitaba un buen padre ejemplar. La madre, de familia pobre, le había instado siempre al juego, para poderse comprar aquellos caros abrigos y las brillantes joyas que incluso durante el parto lucía en sus dedos.
La niña se llamó Pica, pues vino al mundo con un as de picas pegado en su cabeza.
- Será una niña con buena mano-, dijo uno de los amigos tras el atónito espectáculo vivido.-
Pica crecía entre el jardín de su casa y la cocina. Allí, entre las faldillas de la mesa de la cocina y el mapa de España de mantel, su abuelo y su padre la instruían en las artes de la baraja. El padre siempre le decía:
- Pica, las cartas son como la gente: hay ases, peones, reinas, caballeros y reyes. A todos ellos los conocerás y verás que unos te ofrecerán su corazón, te abrirán la puerta, te pedirán diamantes otros o te intentarán engañar. Tú a todos debes decirles que eres el as de picas, nadie gana a un as y menos al de picas, ni en el Póker, ni en la vida.-
La niña entonces cogió la costumbre de salir siempre de casa con una baraja de cartas en su bolsillo; cada vez que conocía a una persona nueva, apuntaba su nombre en la carta que más creía ella que acertaba con su forma de ser. Tenía miles y miles de barajas marcadas con los nombres de sus amigas, amigos, familiares cercanos, lejanos y algún desconocido que, iluso de él, se le acercaba en la calle tratándola como a una niña normal. El problema de Pica era que una vez que a aquella persona le asignaba una carta, nunca más cambiaba de parecer, incluso cuando ella misma sentía que esta tenía otros rasgos en su forma de actuar también, como otras cartas de la baraja.
En el colegio no tenía demasiados amigos. Los niños y niñas se alejaban de ella por miedo o por rara y Pica, desde pequeña se acostumbró a esa soledad.
- No necesito a la gente - decía, - para eso tengo mis cartas, ellas me acompañan y me hablan sobre los peligros del mundo, sobre lo que la gente quiere de mí; ellas sí son mis verdaderas compañeras.-
Los profesores estaban preocupados con Pica; era una niña demasiado orgullosa para estar con el resto de los compañeros, no atendía a las lecciones y los cursos los iba aprobando con notas muy bajas. Llamaron a los padres para reunirse con ellos, y de esa reunión salió el consenso de prohibir a Pica jugar más con las cartas.
El padre le quitó todas las barajas y las escondió en el armario de su cuarto. Pica lloró por varios días, suplicándole a su padre que por favor, al menos le dejara un juego de cartas para jugar, ya que no había querido jugar con más juegos que con aquellas caprichosas barajas de póker. No quería salir de casa, no quería ver a nadie, sólo necesitaba a sus amigas.
Un día, estando sola en casa, se puso a registrar por todos los rincones de la casa, hasta que dio con las dichosas cartas de nuevo. Entonces, comenzó a hacer un gran palacio con estas y los nombres de las personas que en ellas estaban escritos, este era su juego preferido. Comenzó por la gente que menos le gustaba; hasta tuvo que subirse en una silla para alcanzar lo que sería la torre del palacio, donde arriba, en la última habitación, estaría ella, sobre todas y todos los demás. Bajo ella estaban la reina de diamantes, su madre, y el rey de corazones, su padre.
Cuando hubo acabado, se bajó de la silla y contempló el hermoso palacio que había edificado ante sus ojos y se conmovió. Recordó a cada una de las personas que esos cartones representaban y en un ataque de cariño abrazó su palacio de naipes. El palacio se desmoronó sobre sus pies y Pica se quedó con los brazos abiertos, abrazando el vacío. Entonces, comprendió la gran lección que hubiera debido saber desde hacía años:
Las personas no son siempre sólo de una manera. Los amigos y amigas, la familia, los desconocidos, todo el mundo, es diferente entre sí y diferentes con el resto. Aman, sueñan, piden, dan, dependiendo a quien quieran. Ella se dio cuenta, que todas aquellas personas que yacían a sus pies la querían y ella las necesitaba también a ellas.
Recogió las cartas, las volvió a dejar en el armario del cuarto. Supo entonces que aquel Palacio de Naipes sería el primero de miles y miles que tendría que construir y reconstruir a lo largo de su vida, esos serían pues sus Palacios de Memoria.