21/01/2012

Aún sigue tu calor
abrazando
las tardes vacías.

Cómo en cada verso
me reconozco 
huérfana...

Y es así,
que en esta eternidad
sigo, perdida

Discutiendo Teologías
contra la barra
se te fue la vida

                                  Para Antonio Camiña (1942-2012)

16/11/2011

Escuchar el poema versionado



DECIR,
decir la palabra,
la flecha arrojada,
sin perder el segundo
donde el valor muere.
Captar ese instante
en la retina,
la memoria colectiva
impregnada para siempre.
El abrazo
justo antes de la lágrima.
Buscar por siempre,
buscar
el momento decisivo.


Arreglos y Música: Javi Sanmartín
Voz: Paz Aguado

15/11/2011

Los Palacios de Naipes

No puede decirse que la niña naciera entre algodones; más bien nació sobre un tapete verde de Póker junto a su padre, tahúr experimentado y demás jugadores empedernidos que esa noche jugaban en casa, mientras la madre se retorcía en contracciones cada vez más rápidas. Esa sería la última partida que jugaría su padre, pues tras presenciar tan dolorosa y lenta escena sobre su más preciada jugada, decidió que tan angelical y profético ser que había venido a este mundo necesitaba un buen padre ejemplar. La madre, de familia pobre, le había instado siempre al juego, para poderse comprar aquellos caros abrigos y las brillantes joyas que incluso durante el parto lucía en sus dedos.

La niña se llamó Pica, pues vino al mundo con un as de picas pegado en su cabeza.

-    Será una niña con buena mano-, dijo uno de los amigos tras el atónito espectáculo vivido.-

Pica crecía entre el jardín de su casa  y la cocina. Allí, entre las faldillas de la mesa de la cocina y el mapa de España de mantel, su abuelo y su padre la instruían en las artes de la baraja. El padre siempre le decía:

-    Pica, las cartas son como la gente: hay ases, peones, reinas, caballeros y reyes. A todos ellos los conocerás y verás que unos te ofrecerán su corazón, te abrirán la puerta, te pedirán diamantes otros  o te intentarán engañar. Tú a todos debes decirles que eres el as de picas, nadie gana a un as y menos al de picas, ni en el Póker, ni en la vida.-

La niña entonces cogió la costumbre de salir siempre de casa con una baraja de cartas en su bolsillo; cada vez que conocía a una persona nueva, apuntaba su nombre en la carta que más creía ella que acertaba con su forma de ser. Tenía miles y miles de barajas marcadas con los nombres de sus amigas, amigos, familiares cercanos, lejanos y algún desconocido que, iluso de él, se le acercaba en la calle tratándola como a una niña normal. El problema de Pica era que una vez que a aquella persona le asignaba una carta, nunca más cambiaba de parecer, incluso cuando ella misma sentía que esta tenía otros rasgos en su forma de actuar también, como otras cartas de la baraja.

En el colegio no tenía demasiados amigos. Los niños y niñas se alejaban de ella por miedo o por rara y Pica, desde pequeña se acostumbró a esa soledad.

-    No necesito a la gente - decía, - para eso tengo mis cartas, ellas me acompañan y me hablan sobre los peligros del mundo, sobre lo que la gente quiere de mí; ellas sí son mis verdaderas compañeras.-
Los profesores estaban preocupados con Pica; era una niña demasiado orgullosa para estar con el resto de los compañeros, no atendía a las lecciones y los cursos los iba aprobando con notas muy bajas. Llamaron a los padres para reunirse con ellos, y de esa reunión salió el consenso de prohibir a Pica jugar más con las cartas.

El padre le quitó todas las barajas y las escondió en el armario de su cuarto. Pica lloró por varios días, suplicándole a su padre que por favor, al menos le dejara un juego de cartas para jugar, ya que no había querido jugar con más juegos que con aquellas caprichosas barajas de póker. No quería salir de casa, no quería ver a nadie, sólo necesitaba a sus amigas.

Un día, estando sola en casa, se puso a registrar por todos los rincones de la casa, hasta que dio con las dichosas cartas de nuevo. Entonces, comenzó a hacer un gran palacio con estas  y los nombres de las personas que en ellas estaban escritos, este era su juego preferido. Comenzó por la gente que menos le gustaba; hasta tuvo que subirse en una silla para alcanzar lo que sería la torre del palacio, donde arriba, en la última habitación, estaría ella, sobre todas y todos los demás. Bajo ella estaban la reina de diamantes, su madre, y el rey de corazones, su padre.

Cuando hubo acabado, se bajó de la silla y contempló el hermoso palacio que había edificado ante sus ojos y se conmovió. Recordó a cada una de las personas que esos cartones  representaban y en un ataque de cariño abrazó su palacio de naipes. El palacio se desmoronó sobre sus pies y Pica se quedó con los brazos abiertos, abrazando el vacío. Entonces, comprendió la gran lección que hubiera debido saber desde hacía años:

Las personas no son siempre sólo de una manera. Los amigos y amigas, la familia, los desconocidos, todo el mundo, es diferente entre sí y diferentes con el resto. Aman, sueñan, piden, dan, dependiendo a quien quieran. Ella se dio cuenta, que todas aquellas personas que yacían a sus pies la querían y ella las necesitaba también a ellas.

Recogió las cartas, las volvió a dejar en el armario del cuarto. Supo entonces que aquel Palacio de Naipes sería el primero de miles y miles que tendría que construir y reconstruir a lo largo de su vida, esos serían pues sus Palacios de Memoria.

La leyenda de la Ondina del Bosque de Valorio

Existe un bosque en la ciudad de Zamora al que hace mucho, mucho tiempo nadie se acerca. Sus árboles, mayormente chopos, castaños y almendros, han crecido tanto que el propio bosque se ha encerrado en sí mismo: rosales, tojos y alimañas hacen su entrada prácticamente imposible. Nadie ya puede cruzarlo, nadie quiere volver al Bosque de Valorio. Los niños de la ciudad, cuando pasan cerca de sus lindes, escupen al suelo y murmuran, como en una suave letanía: - Ondina, no me lleves nunca-.

Hace ya casi cincuenta años, en la ciudad de Zamora, ocurrió la Leyenda de la Ondina del Duero. Todos en la ciudad la cuentan, de una generación a otra, y advierten de no pasar por el bosque a horas intempestivas, de noche ni de madrugada, pues la Ondina espera siempre encontrar a quien la devuelva a su río, su hogar. En el bosque hay un manantial, hoy casi ya seco, en el que se dice habita aún la Ondina del Duero, desterrada por su padre por siempre del río; vive sola esperando algún joven gentil que la libere de su cárcel, para poder regresar junto a los suyos a nadar y pasear por los cauces del Duero.

Las ondinas, en su condición natural, son seres extraordinariamente hermosos y amantes. Si se enamoran de un hombre, será por siempre; darán su alma y corazón a aquél que llegando a la orilla de un río, la llame tres veces y le diga: - Vengo a llevarte conmigo, Ondina, ¿me rechazarás?-. Las ondinas entonces, emergen de las aguas, con sus largos cabellos negros, abrazándose al joven apuesto para convertirse así en sus esposas y vivir como una mujer normal entre los humanos, transformándose en mortales. Son tan hermosas que ninguna otra mujer en el lugar se atreverá a mirar de nuevo a su hombre, por miedo a las represalias.

Más, ¡ay!, del que traspase estas normas y engañe a una ondina con cualquier otra mujer. Entonces, la ira de estas ninfas es inconmensurable. Se vuelven celosas, personajes oscuros que acechan hasta matar a la amante de su hombre y regresan después al río para esperar a que este venga a llamarlas en busca de su perdón; entonces, lo hundirán por siempre en las tinieblas de las profundidades del río.

Así pasó hace muchos años, como hemos dicho, con la Ondina del Duero. Su amante la engañó justo antes de que Ondina pudiese dar a luz al niño que del amor de ambos crecía en su interior. La venganza fue tal que Ondina se sacó a la criatura de sus entrañas y la ahogó en el río antes de que nadie pudiera salvarla. Mató brutalmente a la amante de su marido y volvió al Duero para esperar al amado a que viniera a arrepentirse de tal afrenta. Pero cuando volvió a ver el rostro reflejado de su esposo, llorando sobre la orilla, Ondina volvió en sí y no pudo arrastrarlo jamás con ella.

El padre  la reprobó tan severamente que aún en el río se escucha la reverberación de su poderosa voz. Ondina fue desterrada del río al manantial del Bosque de Valorio hasta que fuera capaz de regresar con el alma de un joven y así, cumplir con su destino.

Desde entonces, nuestra Ondina vaga por cerca del manantial del bosque, deshaciéndose en llantos y dudas sobre si cumplir con su naturaleza de mujer o de ondina, viendo a los jóvenes y niños pasar, deseosa de jugar, hablar, bailar con ellos. Nuestra Ondina se ha convertido en el ser más compasivo de entre los humanos: tras sus terribles crímenes, en su corazón ha crecido el espíritu del arrepentimiento y así, se retuerce, en el dolor de saberse una criatura temida y su anhelo de amar a los hombres hasta que su propia muerte como mortal la libere de verdad de tanto sufrimiento.

Ring-a-ring-a-roses


Corría el año 1400; el cambio de siglo había sido profetizado como el fin del mal, de la negra muerte. En la ciudad apenas se veían niños por las calles. A la entrada de cada iglesia, había un ramillete de hierbas colgado de los pórticos para alejar el mal de la Casa de Dios. Los cadáveres se apilaban en las orillas del río, en hileras de piras humeantes, el hedor era insufrible. Ya nadie salía de las casas a menos que la necesidad de ir a la plaza a por un poco de escaso alimento, ya que tan sólo habían sobrevivido dos tenderos al diezmo de la peste, les hiciera abandonar los muros de sus hogares.   

La ciudad, situada en la frontera, había sido el centro religioso y comercial de toda la región. Los novicios, por entonces ya apenas unas docenas, vivían en los seminarios contiguos a las 13 iglesias románicas  que con su austeridad y sobriedad propia, emergían a cada paso como símbolo del poder. Las gentes pobres, rechazadas por las ricas familias ahora destrozadas, donde apenas dos o tres miembros quedaban de los grandes clanes familiares que antaño gobernaban como nobles en el fuero, se alimentaban de los despojos de los clérigos, al igual que los perros y las ratas que pululaban por las siniestras calles, buscando refugio en las casas cerradas a cal y canto.

A los niños no se les permitía salir de casa por miedo al contagio. Los pocos que salían, debían hacerlo con una capa que les cubría hasta los pies, capucha, guantes y una máscara de madera. La soledad se había apoderado de los jardines, calles… La ciudad rezumaba odio, miedo y oscuridad.

A veces se hacían partidas para quemar a las ratas que corrían libremente por las calzadas, colándose por las rendijas de los viejos muros, causando estragos en sus interiores. La tristeza de las gentes era inconmensurable; apenas se veían grupos de personas hablando; la mayoría andaban solos por la calle y si se encontraban con otro de frente, apenas alzaban la cara, como en obligado saludo. La ciudad había perdido la alegría.

Un día llegaron unos extranjeros a la ciudad en un carromato en el que podía leerse “Teatro de calle”; se paró en el centro de la plaza y comenzó a abrir su lateral, dejando mostrar un escenario lleno de colorido. En el fondo de este podía contemplarse un paisaje de hierba sobre un cielo azul lleno de nubes grises, con gigantes montañas en el fondo. El telón, raído por los años, se formaba con los colores del arco iris, elevándose como por encima del cielo del escenario recién llovido. Casi se podía respirar el aire puro y la hierba mojada.  Sobre el escenario, un hombre viejo y un niño gritaban, uno en un lenguaje indescifrable, el niño en un español con un acento extraño y ajeno a las gentes de la ciudad, que el espectáculo iba a dar comienzo.

Los primeros en salir corriendo de las casas fueron los niños y niñas que escuchaban estupefactos la algarabía de la plaza; con sus capas y máscaras volaban ya a recibir a los extraños nuevos inquilinos del lugar; los padres tras ellos, preocupados por el jaleo y por quién serían esos visitantes, ya que hacía mucho tiempo que en la ciudad no se oían voces alta, ni ruido, y menos en la plaza.

El niño extranjero se bajó del escenario y enseguida comenzó a intentar jugar con los demás niños. Cogió a dos, uno de cada mano, con el consiguiente rechazo de los demás ante tal signo de cercanía. Hacía poco se había hecho público un bando en el que quedaba terminantemente prohibido el contacto físico, especialmente hacia los niños, a no ser que hubiera razones de primera necesidad para hacerlo. Sin embargo, el niño hizo caso omiso al rechazo y volvió a agarrar, esta vez más fuerte, las manos de los otros dos y así indicó que hicieran a los demás, a modo de corro. El juego consistía en formar un círculo y girar en dirección de las agujas del reloj girando mientras se acompañaban de esta canción:

Corrillo de rosas
Ramito en la bolsa
Atchú!, Atchú!
¡A caerse toca! (1)

Y al acabar la última línea todos debían caerse al suelo y hacerse los muertos.

A los niños el juego les pareció muy divertido aún bajo las miradas de reproche de los padres y demás gentes que presenciaban la escena; era un juego demasiado macabro para ser jocoso y no estaban los tiempos para ese tipo de bromas. Sin embargo, nadie se dio cuenta más que ellos que era la primera vez en mucho tiempo que en la plaza se escuchaba el eco de las risas, saltos y juegos.

Entonces llegó el obispo de la ciudad con el séquito de clérigos alrededor, enfundado en una capa y máscara negras. Se subió al carromato y comenzó a recitar en voz alto; aquello parecía un exorcismo contra el mal que los recién llegados habían desatado con su llegada. Quedaba prohibida cualquier clase de teatro en las calles de ciudad, la entrada a foráneos o cualquier tipo de juego entre los niños, y mucho menos, con las manos unidas entre ellos.

Los titiriteros fueron desterrados para siempre, bajo pena de muerte si volvían con su colorido escenario. El miedo, la tristeza y el llanto volvieron a instaurarse en la ciudad. Más siempre lo prohibido cuenta con el beneplácito de la curiosidad, y así, cada vez que podían, todos los niños se reunían para jugar a aquel juego tan divertido que el amigo extranjero les había enseñado. Así, salían de sus casas con cualquier excusa y se reunían en el parque tras la plaza, donde no pudieran ser vistos. Una mañana, jugando todos al juego, uno de los niños cayó al suelo tras el último verso y nunca más despertó. Los niños, al principio, pensando que era una broma, rieron y rieron hasta que las lágrimas de alegría se transformaron en melancolía por el amigo perdido. Sin embargo, aquella muerte fue diferente a las anteriores. La risa había conquistado sus negros corazones descubriéndoles que lo inevitable se vive mejor si es con un poquito de buen humor.

--------------
[1] Ring-a-ring-a-roses,
A pocket full of posies;
A-tishoo! A-tishoo!
We all fall down.

Canción tradicional para niños asociada a los años de la peste. Traducción libre de la autora.

Publicado por "Calabazas en el Trastero"


Apenas una noche
¿y ya esperas
que te aguante
tus reproches?

&   

Amor de un día
cuánto cuesta
darlo por perdido

&
Al amor en vena:
ni metadona,
ni penas

&  

“No hay amor eterno”
ella solía decir
y sin querer 30 inviernos
que vamos a cumplir

&  

Manecilla de reloj
apenas se mueve:
a la una,
            a las dos

&   

Anillito en el anular,
casado el corazón,
¡quién lo pudiera sacar!

&   

Postrada en la cama
la madre muerta…
fundido en negro

&   

Entre bambalinas
la niña observa
la que será su vida
Sol  de Septiembre 
inundando melancolías;
hojas sembrando aceras
cerrando el ciclo de vida.

los ojos mirando infinitos,
mostrando tristeza, pupilas
dilatándose en pensamientos,
una lágrima en la mejilla.

En catarsis otoñales,
ahuyentada  algarabía,
donde la lluvia y el viento
la despojan de sí misma
Fuera de mi
no hay más;
tu mano se acerca,
no alcanza a tocarme,
nunca se mezcla con mi piel.
Está el vacío entre tú y yo;
no siento
la caricia.
Mis ojos
reflejan un exterior,
escenario de rutina,
que voy creando a mi paso.
Al hablar
oigo la voz,
reconocible,
cotidiana,
más se va
evaporando la palabra;
y tan sólo,
al cerrar los ojos
veo con claridad
mi cuerpo
en un espacio
y la nada,
desprendiéndose de materia.
El sabio

El lamento queda escondido
aquí, al pie de estas piedras
que nunca olvidan lo que saben
nunca sabrán lo que velan.

Bajo musgo congelado
se cobija la certeza
de la muerte, no finita
que en soledad espera.

Sólo nada por el cosmos,
flotando, sin apariencia
sintiendo masas al ritmo
de la oscuridad eterna;

y el tiempo con su medida,
entre ciclo y ciclo de ausencia...
¡Quizá algún día me siente
a reposar sobre estas piedras!
Sueños de África

Ciudades caóticas
con gentes extrañas.
cascadas imposibles
en verdes montañas.
Hamanes inmundos,
carreteras endiabladas.
Camino a la duna,
bajo la noche estrellada,
cabalgan en línea
tres reinas magas.
Oración y abstinencia,
lujuria en la mirada;
tierra de contrastes,
vergeles de calma.
El alma occidental
se alivia de la carga,
y cada año regresa
a la catarsis soñada.
Ay, quién pudiera, morir
en la bella África.

(Para Salvador,
que en gloria estés,
"hijo mío")
Aroma

Amores primeros,
de inocencia y juego.

Primer amor,
la realidad del corazón.

Amor libre,
de pasiones terribles.

Amor tardío,
la noción de lo perdido.

Amor eterno,
un amante en sueños.

Bachelorette

Con lagrimitas del alma
quisiera hacerte un collar
lleno de cuentas de ausencia,
deseo sin abrazar.

Cuando vengas a verme
desenredaré el telar,
un telar con el insomnio
de dudas sin aclarar.

Una parte de mi vida
casi ni espera ya
que un día entre estas rejas
te vislumbre al despertar.

Más, ay! el tiempo ha pasado
y aquí ya no hay más verdad:
mi vejez y tu palabra
que nunca debí escuchar.
Endecasílabos malditos

Vuelven hoy malos sueños que aquel día
en mi ser provocaron el quebranto,
poniendo el mundo contra mí en la fría
negra noche de tan febril espanto.

Dos años han pasado y aún sigo
debatiéndome en eso que fue y trato
de olvidarme de alto amargo castigo
contra mí impuesto desde mi yo ingrato.

Vivo siempre en eternal delirio
con la grieta del alma medio abierta
abrazando en la noche el negro lirio...

mientras las musas ávidas despiertan
con sus cantos de versos en mí el cirio
que me mantiene en realidad alerta.

                              Para Liliana

Teu belo Porto

Lágrima
lágrima congelada
conciencia de la muerte
pánico
sin referencia espacial
tu mano
se va enfriando
en la noria
noria girando
calmada de morfina
devolviendo la nada
en el lento suicidio
suicidio de apatía
alcohol y tabaco
olor de hospital
olor de cuerpo
abrasado
remedio agresivo
contra el mal
sempiterno
muerte lenta
largo adiós
vacío
en la rutina
Electra desolada
duerme padre
en la memoria
recuérdame perpetua
herida.
Solitude Vs. Loneliness

Qué lengua tan valiosa para encontrar palabras exactas; estados de ánimo, perfecta semántica para esta soledad que ahora siento; una soledad buscada, añorada.
En la habitación me envuelve Pink Floyd y su necesaria creación The Wall. "No necesito muros alrededor, no necesito drogas para calmarme". Puro psicoanálisis de un sistema podrido, desde los núcleos familiares, la educación en las aulas, la pareja; miedos que acechan, necesidad de llenar un vacío, lugares oscuros a los que regresamos en sueños. Freudiana explicación del auge de los fascismos, fascismos disfrazados de democracia...
En estos días estivales tan llenos de luz y felicidad, cierro las contraventanas, me sumerjo en penumbra; fumo, bebo y me masturbo. Un sentimiento de alegría me invade, he vuelto a disfrutar de mi "solitude", que no es fácil. La soledad es tan necesaria; nuestra vida se agota entre relaciones personales: pareja, amigos, familia, trabajo... El ser humano ha perdido la capacidad de encontrarse a sí mismo, su reflejo en el espejo le es extraño, como una compañía con la que debe enfrentarse cada día.
Dejen a los niños en paz; que jueguen, que aprendan a nacer, morirán solos sin remedio; hagamos que se sientan vivos y sin la necesidad constante del "otro", sólo así puede que todos dejemos de ser "ladrillos en el muro".

Psicodelia en Bolonia

Fue una peregrinación hacia la luz. Nos fuimos nombrando en cada paso, en cada actitud, volviéndonos personajes libres de historia, nacidos en Bolonia; íbamos de peregrinos a la duna, a enterrar el pensamiento trágico, la carga sobre los hombros que se acumula tras tantos años de olvido y oscuridad.
Resplandecíamos en sonrisas azules, mientras se formaba nuestro guión. Recorrimos, sin hacer caso del tiempo, burlando el hastío de los otros paseantes que siquiera se percataban de la escena mitológica que allí ocurría.
Gala se engrandecía; el mesías desesperaba entre tanto extraño. La Magdalena se perdía entre las cañas de pescadores en la orilla, erecciones de una ingravidez excitante.
Por fin llegaron a la duna, tras un largo trecho y más de tres caídas. Desanimando al Mesías de subir al Monte del Calvario, que en ese instante quedó convertido en un pequeño Buda, reposando en la arena.
De repente el otro se despojó de sus bienes más preciados, tabaco y mechero, y voló con los brazos en cruz hacia un charco mínimo que sulfuraba, quedando inmóvil. Magdalena gritó su nombre. Volvió en sí, levantando la cabeza para respirar, incorporándose, completamente encharcado de barro, sonriendo, volviendo a nacer.
Lo despojaron de sus ropas y lo vistieron de Nazareno.
El viaje de vuelta fue un duro regreso a la realidad, donde los calcetines se perdían; se resistían a olvidar por siempre ese sueño interior, el reencuentro de otras vidas.
Las ropas cada vez pesaban más. Gala arrastraba sus penas en la arena, intentando dejar un surco de memoria. Aparecían búfalos en el horizonte y el cielo volvía a componerse en colores naturales, dejando paso a la mitología de un encuentro entre cuatro seres desconocidos; lo que después pudiera ocurrir, es parte ya de otro tipo de infierno que ahoga.
El momento mágico estuvo ahí, en esa playa de Bolonia, una ciudad milenaria que respiraba bajo nuestros pies y nos llamaba al juego de la tragedia clásica.

Para Cyn
Por Fandangos

Yo le querría cantar
a la Virgen de los Tiempos,
yo le querría cantar,
por si tiene sentimientos
¡Que me devuelva la paz,
que mi vida es un tormento!

&

Aquél que nunca escuchó
lo que el fandango decía,
aquél que nunca escuchó,
despreciando la poesía
nunca sabrá que la voz
también cura las heridas.

              (para Mirian)
Por Alegrías

Tres cosas hay en la vida
que no debes olvidar;
tres cosas hay en la vida:
la libertad, la alegría
y vicio por la verdad.

El pensamiento niña
ha de ser libre
y del amor del hombre
nunca te fíes.
Nunca te fíes, prima
nunca te fíes
El pensamiento niña
ha de ser libre.

Hay en Cádiz un playa
que me tiene enamorá;
hay en Cádiz una playa,
cuando sus aguas me bañan
mis penitas valen ná.

Yo miro siempre al frente
su voz se rinde
y desde que le quiero
lo siento triste.
Lo siento triste, mare,
lo siento triste.
Yo miro siempre al frente
su voz se rinde.
Si lo que te digo es cierto
que se borre la memoria,
que se pierda el pensamiento

&


Uniendo la realidad
con el hilo de la pena,
me topé con la verdad

&

Con un dedito de tu mano,
el universo a un palmo

&

En la armonía del mundo,
mi corazón suena mudo.

&

Universal amor:
pájaro encerrado
en corazón.

&

Al corazón de Pampa,
pez de Marzo
¡Besos y Alas!
           
                            para Cyn

&

Corros de brujas
bajo helicoidales columnas;
refugio de sabinas centenarias
sobre el mosaico de la llanura.

&

Manecilla de reloj
apenas se mueve:
a la una,
a las dos

&

Anillito en el anular,
casado el corazón,
¡quién lo pudiera sacar!
&

Entre bambalinas
la niña observa
la que será su vida

&

Amor de un día
cuánto cuesta
darlo por perdido

&


Pendiente del cielo,
cada noche,
la luna

&

¡Qué bien sienta
a la memoria
quemarlo todo!

&

Saltó la rana
ondas reverberan
hasta mi uña del pie

&

Yerba fresca,
descalza, una hoja
me acompaña

&

La garza
en el lago seco
vuelve otoño

&

Hoja seca,
fresca yerba
contradicción de estío